QUIMERA

En el tiempo en el que los dioses gobernaban este mundo, La Vida era la dueña de todo este, creaba criaturas nuevas todos los días, para entregarlas a Atenea y ella las llevara con Los Bajos, ya sabes, todas aquellas criaturas sobrenaturales; vampiros, hombres lobo, sirenas, gigantes, enanos, ángeles, dragones, hadas, unicornios… seres inmortales después de todo.

Pues bien, La Vida se suponía que era la que lo gobernaba todo, y ella es un ser caprichoso y rebelde, por lo que un día, en contra de las normas de El Universo sobre que los dioses no podían mantener relaciones de ningún tipo con los seres de Los Bajos.

Ella bajó a buscar algún ser que le diera el amor que ella estaba buscando. Un amor pasional que la consumiera y la saciara por completo, un amor que le diera una razón por la que seguir luchando cada día, un amor tan fuerte y tan puro que doliera estar con él, pero que quemara estar sin él.

Y lo buscó, estuvo relacionándose con cada especie que se encontraba, adquiriendo los rasgos de estas haciendo ademan de sus poderes sobre la magia.

Pero no lo encontró, ella lo daba todo, se desbordaba con cada persona, en ocasiones llegó a sentirse amada, pero jamás como ella quería o hacía.

Y le rompieron el corazón, tantas veces que parecía un puzle de mil piezas, se dio cuenta también de que nadie apreciaba la vida, todos sabían que iban a estar allí para toda la eternidad, y no se preocupaban ni por ellos ni por nadie, herían los sentimientos de los demás porque sabían que encontrarían otro en cualquier momento.

Y se encontró a sí misma llorando escondida en el rincón más oscuro de aquel extraño mundo que ella ya no reconocía.

Ya no sabía cómo volver, y quería regresar con los dioses, allí arriba donde sabía que jamás la volverían a herir.

Lloraba, gemía, gritaba suplicando a los dioses, a El Universo, a cualquiera que se percatara de ella, para  que la sacaran de allí.

Pero ni siquiera el ser más miserable de aquel mundo se percataba de ella.

Hasta que un día, El Universo la encontró, la cogió entre sus brazos, le devolvió su cuerpo y la restituyó en su posición, ella, agradecida y arrepentida se disculpó en todos los idiomas y de todas las maneras que pudo, jamás volvería a infringir la norma.

Pero ya era tarde, el daño ya estaba hecho, por eso, El Universo se acercó a ella, le secó las lágrimas y se acercó a su oído para susurrarle;

“Jamás debiste salir y relacionarte, y jamás lo volverás a hacer.”

Y aquellas palabras la aterrorizaron de pies a cabeza. Él se separó lentamente de su lado, y con una sonrisa que la aterrorizó, desapareció de allí.

Ella cayó sobre sus pies, arrodillada y con los ojos puestos en la nada, oía retumbar aquellas palabras por toda su mente.

Una eternidad en la más completa soledad.

Una eternidad creando seres que la abandonarían para siempre.

Una eternidad sin volver a escuchar la voz de alguien.

Sola en la más dolorosa, penosa y mordaz eternidad.

Sola.

Para siempre.

Y allí, justo en esa posición, se quedó, sin poder moverse siquiera para derramar una lágrima. Quién sabe cuánto tiempo, ya que eso nunca más importaría.

De su alma salían las nuevas criaturas que en menos de un instante desaparecían para aparecer allí con Atenea.

Se había convertido en una máquina, simplemente en una máquina.

Sin embargo, en el escenario más desagradable y en el lugar más inhóspito de aquel mundo, nació un ser, quién sabe cómo y quién sabe qué sería, era de aspecto cambiante, pero siempre aterrorizante. Cada ser vivo que tocaba, se marchitaba a una velocidad insuperable.

Todos los demás seres se horrorizaban al verle y se fueron contando sus anécdotas e inventando nombres de los cuales ellos mismos se asustaban nada más decirlos.

Incluso los dioses se asustaron, y fueron corriendo a preguntarle a El Universo que era aquella especie que hacía temer a todas las demás.

Y El Universo se dio cuenta de que el peor de los pecados había sido cometido, el peor error de las especies de Los Bajos había sido cometido. Él sabía que este día llegaría, pero no estaba preparado, no sabía combatirla, ninguna otra especie sabía ni quería.

El miedo se apoderó de todos.

Un miedo irracional.

Un miedo que hace estremecerse hasta las plantas.

Un miedo inigualable.

Se formó el caos, la ruina, el desorden, el desconcierto. El Universo, abrumado, mientras se encontraba reunido con los dioses, elevó la mirada y entonces la vio.

Vio a La Vida creando seres vivientes que no sabían que se adentraban en el peor de los mundos, seres que no sabían que su destino era el sufrimiento, y se le ocurrió una idea.

La Vida sintió un escalofrío por todo su cuerpo, y abrumada, se  puso en pie, sin saber cómo reaccionar, y algo desconcertada, vio a El Universo, justo en frente de ella, con una mirada seria y con los  brazos cruzados.

Intentó hablar pero había olvidado cómo vocalizar, y se estremeció aún más, quería gritar y luchar contra El Universo, pero no sabía cómo. Se esperaba u castigo peor que el anterior, aunque no podía imaginar uno peor.

Pero para su asombro, El Universo dijo con voz alta y clara:

-Quedas libre de tu castigo, pero antes debes superar una prueba.

Por fin, después de quién saben cuánto tiempo, lloró, lloró de felicidad, y El Universo le otorgó el poder de volver a hablar, y antes de que ella pudiera agradecerle nada, volvió a alzar la voz.

-La prueba es que consigas enamorarte de la peor de las especies de Los Bajos, y que ella se enamore de ti. Estoy hablando de amor verdadero. Pero no debe saber jamás quién eres realmente.

-Acepto, pero, ¿qué será de mi si lo consigo?

-Podrás volver a relacionarte con el resto de seres.

-Acepto.

Y así, El Universo eligió una nueva especie para ella. La llamó Ser Humano. Y así ella volvió a bajar, y vio cómo todos ahora tenían miedo, no disfrutaban de sus vidas como antes, y cuidaban de sus seres más cercanos.

Llegó al lugar más devastador de aquel mundo, y allí la vio, alzándose como una diosa victoriosa, la criatura más hermosa que nunca había visto, una criatura que ella no había creado.

No sentía miedo ni temor, sino más bien fascinación.

Aquella extraña criatura encontró extraña a aquella desconocida que no se alejaba al verla.

La Vida le ofreció la mano a modo de saludo, y se presentó como La Mujer Humana.

La criatura aceptó su mano, y dijo que a ella la llamaban La Muerte.

En aquel apretón de manos las dos sintieron algo electrizante, y desde aquel momento pasaron otro periodo de tiempo tan largo que fue incontable.

La Vida por fin se sintió llena, y completa, sintió que por fin recibía lo que daba, aquel romance  era lo más puro y perfecto que jamás había sentido.

Pero un día El Universo la llamó de vuelta, apenas quedaban criaturas en el mundo y ella debía volver.

Pero antes de irse se lo confesó todo a La Muerte, y le prometió que volvería con ella. Sin saber que El Universo estaba escuchando y este montó en cólera.

Se presentó con la pareja y sintió el amor que realmente sentían.

Celoso y colérico porque La Vida había vuelto a romper la norma, los separó lo más lejos que pudo, les quitó la posibilidad de volver a verse.

Ellos rogaron para que les dejara mantener el contacto por lo menos, y El Universo, sabiendo que jamás sería amado tan intensamente, dejó que ellos decidieran el vínculo que los mantendría.

Y así, todas las especies desaparecieron, La Vida creó especies nuevas y Los Humanos se declararon superiores al resto, aunque siempre por debajo de los dioses.

Todas las especies vivían un periodo de tiempo indeterminado, ya que todas ellas eran el regalo de La Vida a La Muerte, su eternamente amada.

Y así La Muerte pasó a ser la temida y triste realidad, y La Vida, la amada y bella mentira.

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FRENESÍ

Ella era pasión, arrebato, delirio, entusiasmo, frenesí, arranque, lujuria, huracán.

Él era calma, contención, apatía, frialdad, sosiego, razón, suavidad, llovizna.

Se amaban, se odiaban, se mataban, se salvaban.

Todo era un minuto a minuto sin parar, eran jóvenes y sentían con cada fibra de su cuerpo.

Se peleaban, se perdonaban, se comprendían, se desconocían.

Luchaban por un amor arriesgado, expuesto, doloroso, aventurado.

Ella amaba con todas sus fuerzas y él se cerraba, no se quería arriesgar demasiado.

Era peligroso,  cada vez que se juntaban y sentían demasiado algo explotaba y alguien acababa herido de muerte.

Pero luego el amor volvía, volvía la locura, él cambiaba por ella y ella lo distorsionaba por él, quería que lloviera, que creara una gran tormenta, que se lanzase al amor, porque, ¿qué es el amor sin la locura?

Él quería algo tranquilo, pacífico, disfrutar de las pequeñas cosas, beber del amor poco a poco.

Ella quería beber de la mismísima fuente, quería vivirlo de golpe hasta reventar, quería sentirlo todo de golpe como un martillazo en el corazón.

Ella quería gritar, aullar, chillar, clamar, vociferar, ser trueno.

Él quería silencio, murmullo, susurro, cuchicheo, mutismo, ser mar en calma.

Al final de tanto subidas y bajadas, mejora y empeoramiento, remonte y tropiezo, sanación y corte, las heridas no cicatrizan y el rencor ciegan.

Ella pasa de amar a odiar, aborrecer, detestar, despreciar.

Él piensa que todo está bien y se relaja, la deja pasar, desconecta, olvida.

Ella amaba demasiado y acabó odiando en exceso. Acabó, finalizó y liquidó todo el amor que alguna vez sintió y con el corazón al desborde del rencor le abandonó para siempre.

Él se vio sin ella y se dio cuenta de todo lo que la amó y el arrepentimiento de haberla dejado atrás le siguió por el resto de sus días.

Adicción

Dependencia de sustancias o actividades, afición extrema a alguien o algo.

Se puede ser adicto a una canción, una serie, una persona o un recuerdo.

No sé si estará bien expresado, pero yo soy adicta a la vida. A vivir cada momento como si no tuviera un  minuto más y todo dependiera del ahora.

¿Conoces esa adrenalina?

No me paro a pensar que algo puede salir mal, porque si es así, siempre habrá una buena solución, o una salida de emergencia.

No me quedo en el suelo a llorar cuando me caigo, no pierdo ese tiempo.

Siento que en esta sociedad te van a criticar hagas lo que hagas, no cuenta el hecho de que hayas intentado “arreglarte” para ellos.

Por eso mi nueva adicción es vivir MI vida como mi propia carrera, sólo me preocupo de ganarla yo por y para mí, de la mejor o peor manera. Pero a MÍ manera.

No retengo a nadie conmigo, quien se quiera ir, que se vaya, la vida es a base de trenes a la máxima velocidad, y mi tren sólo tiene una parada, que es mi muerte.

No espero por nadie.

La adicción a las personas es la peor de todas, te destruye y te corroe, no te deja pensar ni vivir sin esa persona, patético, ¿no?

Yo siempre he sido adicta a las series, no sé qué es de las vidas de aquellas personas que no ven series, para mí son un escape, historias con las que aprendes, ríes, lloras…

Son como otra vida.

He decidido cogerme con todos mis defectos y miedos, con todos mis demonios y errores, pero con unas ganas irreales.

Me amo a mí misma como nunca antes lo he hecho. Por encima de todos pero sin dejar que predomine el ego.

El amor propio es algo que todo el mundo debería tener, en su justa medida.

Yo lo he conseguido a base de caídas, de heridas, de lágrimas, de fallos, de malas personas, pero también a base de levantarme, de lamerme las heridas, secarme las lágrimas, subrayar mis errores y aprender de ellos, y de rodearme de buenas personas.

Desearía ser inmortal para ser adicta a vivir hasta la eternidad, pero la muerte está en cualquier puerta y es inexpugnable, pero moraré este mundo viviendo como yo decida vivir.

Las adicciones las elegimos nosotros mismos, que nadie te domine.

Pieles

Me he sentido insegura dentro de mí misma.

Me he sentido una diosa dentro de mí misma.

Me he odiado y amado a partes iguales dentro de mí misma. 

Me he metido dentro de otras pieles para auxiliar a los demás.

Me he acariciado en la oscuridad y me han acariciado en la luz.

He sentido mis manos por todo mi cuerpo y otras manos ajenas que unas veces me hirieron y otras me curaron.

He perdido y ganado personas, pero el recuerdo de sus pieles rozando mi piel no los he abandonado.

He tenido rozaduras, cortes, arañazos y llagas  por toda mi piel, y por el contrario he custodiado, defendido, y mantenido mi piel como un templo.

He hecho y haré tantas cosas con mi piel que no sé cómo acabaré, sólo espero que las caricias nunca se consuman.

Más tú conmigo.

Ha pasado una semana desde que no te veo, y no sé cómo no me he vuelto loca con tu ausencia.

Te siento en cada cosa que hago, todo lo hago con las ganas de ir a enseñartelo a ti.

Me maquillo de maneras distintas por ti.

Me visto de manera que me siento bien conmigo misma porque sé que te encanta que me sienta así.

Sonrio con la esperanza de que me beses.

Nada tiene sentido porque tú no estás aquí para abrazarme por la espalda de sorpresa.

Los mensajes de texto no calman mis deseos de estar a tu lado y poder tenerte muy cerca de mí.

Pueden llamarlo adicción, pero si eres droga, no quiero rehabilitación.

Quiero más tú conmigo.

Has dejado de ser.

Me pintaba las uñas de negro porque me recordaba al tono de tu pelo.

Fumaba verde porque me recordaba al color de tus ojos.

Me estrellé en la curva más peligrosa que resultó ser tu sonrisa.

Me despeñé por el precipicio más aterrador que fueron tus clavículas.

Aprendí a ser valiente a base de sostener tu mirada, que me estremecía, me alteraba, podría decir que incluso me asustaba, porque jamás nadie me había mirado con la misma intensidad que tú.

Supe que era cobarde al darme cuenta de que se me trababa la lengua y se me enlazaba la garganta cada vez que me hablabas.

Por tu culpa he inundado innumerables sábanas y he colmado de mocos cientos y cientos de pañuelos.

Cuando me rozaste por primera vez, ni te imaginas el temblor, el frío por la espina dorsal y el pavor que se adueñaron de todo mi ser.

Eras todo y más para mí, pero en algún sentido poético, no demente. Fuiste mi inspiración en muchos de mis escritos.

Ahora sólo eres un eco de mi pasado, algo insignificante ya para mí, ínfimo en mis obras y algo inapreciable en mi corazón.

Ya no te tengo anclado a mi alma. Ya no te siento aferrado a mi piel.

Simplemente, ya has dejado de ser.